Mientras disfruto del café con leche en el silencio del barri del Mercat, me llega un correo del Fondo de Cultura Económico que anuncia la publicación en castellano de uno de los últimos cursos de Michael Foucault: “El gobierno de sí y de los otros”. Empiezo a leer la reseña y me sorprende con el hallazgo de lo que Foucault denomina la PARRHESÍA y que define como “la libertad de palabra sin que importen las consecuencias”. Me parece interesante la aportación aunque yo matizaría y diría. “Hablar franco porque sí importan las consecuencias que tiene él no hacerlo”. Ese creo yo que es uno de los rasgos definitorios de nuestro tiempo. Quizás en el siglo XX tomamos la palabra, pero en el siglo XXI, sabemos dónde nos lleva el silencio.
Os copio un fragmento de la reseña del libro de Foucault. Demasiado caro para mi actual bolsillo pero que espero encontrar algún día, con tiempo, en alguna biblioteca:
“De allí que en El gobierno de sí y de los otros pone en relación, por un lado, la cuestión de la gubernamentalidad, el arte de conducir conductas (un tópico que empieza a desarrollar en Seguridad, territorio, población), con la capacidad de conducirse a sí mismo, el “cuidado de sí” (epiméleia heautóu, cura sui) propio de la filosofía griega y romana, cuyo estudio es el núcleo de La hermenéutica del sujeto. Y por otro, vincula esta doble capacidad –la de saber, poder y deber conducirse a uno mismo para conducir a otros–con el ejercicio de la parrhesía entendida como “hablar franco”, libertad de palabra sin que importen las consecuencias.
Este coraje de decir la verdad se refiere al ciudadano que gobierna, al príncipe, pero también a su consejero, e incluso al antiguo maestro de existencia, que representa para Foucault una opción histórica diferente del director de conciencia cristiano. Uno habla, el otro escucha; uno aconseja, el otro confiesa; uno ofrece una guía episódica, voluntaria y consoladora, que afianza al dirigido en su autodominio para compensar al menos en parte su dependencia del maestro; el otro brinda una orientación obligatoria, permanente y que ancla cada vez más al dirigido en la dependencia. Finalmente, el maestro de existencia llama a una afirmación de sí, mientras que el director cristiano invita a la renuncia y al sacrificio”
No soy lector de ensayos que, en general, me parecen sesudos e ininteligibles y no habría captado la importancia de la afirmación “hablar franco” sin importar las consecuencias; al apuntarlo tú, me he fijado más y pienso que aún refiriéndoos a lo mismo, estáis diciendo cosas diferentes, al tiempo que complementarias. Si no me engaño, a lo que se refiere Foucault, ¿coincidencia con el del péndulo?, es a no temer las consecuencias propias que uno debe afrontar al hablar franco, o sea, claro, mientras que tu afirmación está en hecha desde el punto de vista político, y no sólo, de que la ausencia de otras voces permite todas las perversiones del sistema democrático al silenciarse, aunque sea voluntariamente, las críticas a cualquier actuación; (por cierto, que alguien me explique eso de la “parrhesía” porque en el diccionario de la Real Academia de la Lengua ese término no existe). Concluyo. Los dos tenéis razón, y me apunto las dos consecuencias del silencio.
Es por eso que no debemos callar ante la perversión democrática del sistema que acabamos de vivir en nuestras propias carnes, y sobre todo en las de Pepe, a quien desde aquí vuelvo a felicitar por su valor, tanto en presentarse como en “hablar franco” en este proceso.