El bosque de la política

El blog de reflexión política de Berta Chulvi

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Siete años con Néstor

Hoy hace siete años que nació mi hijo Néstor. Todos los veranos, cuando llega el 24 de agosto, recuerdo cada uno de los momentos de ese intenso y maravilloso día. Parí sin epidural, en la mini fé de Sagunto, a las 12 de la mañana, tras unas seis horas de parto que no se me hicieron especialmente insoportables. Desde el principio tenía claro, que si no era necesario, no quería anestesia. Me daba miedo que alguien me pinchara en la médula espinal para que sucediera algo tan natural como dar a luz. Algunas de mis amigas feministas dicen que eso es una afición al dolor de corte judeocristiano, pues bien, a mi entonces me daba lo mismo y tenía una cosa clara: miles de mujeres de mi pueblo (yo entonces vivía en Cárrica, un pedanía de Segorbe) lo habían hecho así y yo también lo haría. Acerté y tengo un recuerdo increíble del parto. No me ha pasado nada comparable en la vida. Recuerdo la emoción que sentí cuando escuché por primera vez el llanto de mi hijo. Mi grito de dolor se paró en seco: El ya estaba allí. Recuerdo como si fuera ahora cómo le acaricié cuando estaba todavía lleno de sangre, lo hice muy a conciencia porque alguien me había dicho que de esa forma se evitaba el cólico del lactante. Luego me lo pusieron en los brazos, ya vestidito y con un gorrito blanco y de camino a la habitación sus ojos azules como el mar me miraban fijamente, como si pudieran verme. Lalo (su padre) y yo, llorábamos de emoción. El ginecólogo, que dió la casualidad que era amigo de un amigo, estaba impresionado por la tranquilidad que Lalo demostró en el paritorio: claro él no sabía que mi hijo es nieto de cirujano y que su padre se había criado viendo imágenes de operaciones desde que existía el superocho. La anécdota divertida del día es que una noche como hoy, en su primera noche de vida, Néstor durmió como un tronco y yo le decía a su padre que habíamos tenido un niño tranquilo, pues mientras él dormía y yo no dejaba de mirarle, el resto de bebés pasaron la noche berreando. Yo, aficionada como soy a la reflexión, elucubraba toda una serie de teorías sobre cómo habíamos sabido transmitirle confianza a Néstor y eso tenía algo que ver en su tranquilidad. Todo eso se lo explicaba a Lalo, su padre, que siempre me escucha con paciencia desmedida y que también tenía mucho sueño. A la mañana siguiente todo el edificio teórico se fue al traste: Néstor no era más tranquilo que los otros niños sólo que estaba cansado del esfuerzo de nacer…. Y desde entonces hasta los seis meses, más o menos, no me dejó dormir de un tirón ni una sola noche… Y tuvo, por supuesto, problemas de estómago, que si no llegaron a ser cólicos del lactante fueron suficientes para desesperarme… Ahora, lo miro delante de mi, jugando a la ADC que le ha regalado su amigo Alberto, y diciéndome: Mami, vámonos a la cama. Veremos cómo nos aclaramos con lo de la ADC…pienso, mientras suenan los disparos de la maquinita infernal….Con todo esto Néstor y yo seguimos aprendiendo a vivir juntos. La maternidad es apasionante pero agotadora… Y debemos hablar mucho más de ella, no desde la nostalgia sino desde la exigencia, pues si algo está claro es que esta sociedad no está pensada, en absoluto, para que podamos cuidar de los nuestros cuando son dependientes, por grandes o por pequeños….Pero eso lo dejamos para otro día, que ahora nos vamos a la cama felices y llenos de recuerdos

Por si os interesa un discurso más político sobre la maternidad, leer un artículo que escribí en abril de 2007 y que lleva por título “Mujeres brillantes, hijos invisibles”. Está colgado en este mismo blog en la página Artículos de Opinión, en la tercera columna.