El bosque de la política

El blog de reflexión política de Berta Chulvi

Archivar paralibertad de expresión

Hoy, en The Guardian

Los lunes The Guardian publica un suplemento dedicado a los medios de comunicación. Hoy en portada de dicho suplemento, el periodista Ian Reeves escribe un amplio reportaje en el que analiza por qué la prensa inglesa es incapaz de mantener una revista especializada semanal dedicada a sí misma, es decir, dedicada a la profesión periodística. La noticia que justifica el reportaje es que hoy lunes 11 de agosto, la cabecera Press Gazette deja de ser semanal para convertirse en mensual, un paso intermedio con el que sus editores (los sextos desde 1990) tratan de evitar lo que parece un cierre inminente. El artículo de Reeeves – que fue director de Press Gazette- no tiene desperdicio. Lo que cuenta son los entresijos de una historia concreta y un mercado concreto, el de la prensa inglesa, pero las lógicas que apunta nos hacen pensar y mucho en nuestra propia historia. El artículo acaba con un párrafo demoledor que traduzco a continuación:

“Quizás lo más importante será la ausencia de un forum de discusión acerca de los aspectos menos glamourosos de la vida de un gacetillero. La consolidación de las empresas periodísticas ha alumbrado una generación de directores que temen arriesgar el cuello si dicen lo que piensan. Su paranoia es alimentada por un miedo real a un rastreo de los e-mails y control de los telefónos que pueda desenmascarar quiénes son los “agitadores”. En un negocio donde la libertad de expresión y el control del poder ha de ser lo primordial, mantener esta situación es imposible. Una industria (de los mass media) que no puede tener un debate abierto y honesto sobre sí misma es, además, un gran problema”.

El colofón del artículo de Reeves que podéis leer íntegro en el link introducido más arriba es demoledor. Por mi parte sólo decir que las primeras víctimas de esta situación son los propio periodistas. En este contexto su oficio es imposible y su fustración llega tarde o temprano, y se supera por muy distintas vías. Ya expliqué mi visión de este asunto en una mesa redonda en la que participé en diciembre 2005. Recupero ahora mi intervención de entonces que – como casi todo hoy en día- está en la red. Nunca imagine que aquellas palabras mías (recuerdo que entre el público estaba Andrés Perelló y Pascual Molla) me resultarían tan útiles tres años después… Está claro que yo ya andaba pensando en todo esto que hoy nos pasa y que queremos cambiar.

Libertad de expresión para todos

Hay conceptos fundamentales para la democracia. Sin duda uno de ellos es la libertad de expresión. Son derechos fundamentales que recoge el capítulo preliminar de nuestra constitución y que en absoluto son privativos de un grupo social o profesional. Sin embargo, una visión estrecha e interesada puede asociar el derecho a la libertad de expresión al ejercicio del periodismo. Esta reflexión viene a cuento de la última columna de Jesús Civera en el diario Levante, el pasado 2 de agosto que he tenido la mala suerte de leer durante los primeros días de mis vacaciones en Oxford.

Lo primero que hay que decir ante dicha columna es que su argumentación es, cuanto menos, sorprendente. Es sorprendente que defendiendo la libertad de expresión, Jesús Civera critique a un grupo de ciudadanos y ciudadanas por haber ejercido esa misma libertad, mediante la vía de escribir un artículo, recoger firmas y enviarlo al periódico en el que él escribe habitualmente. Un artículo que su periódico – en una actitud sin duda valiosa- tuvo a bien publicar, tras recomendar a los autores pequeñas modificaciones de estilo, que en un ejercicio de flexibilidad, dichos autores aceptaron. Este artículo firmado por Francisco Martí y 36 firmas más era ya una reacción a otra columna del mismo articulista en la que se atacaba a la Fundació Societat i Progrés y al más de centenar de ciudadanos y ciudadanas que habían participado en su tertulias acusándoles, nada más y nada menos, que de querer dinamitar desde dentro al PSPV-PSOE.

En segundo lugar es, cuanto menos, sorprendente que los autores sigan las recomendaciones del director del periódico – quiten las alusiones personales y suavicen el tono de su crítica- y que luego el articulista, en su columna, haga mención a esa primera versión del artículo que nunca se ha publicado y que por tanto el lector no puede conocer. Y es sorprendente que además lo haga cometiendo una grave inexactitud. Civera dice que en esa primera versión del artículo se le llamaba paranoico y eso no es así. Lo que se decía en las anteriores versiones del artículo (en realidad hubieron dos) es exactamente lo siguiente: “Efectivamente, Sr. Civera, el navajeo constituye la antítesis de la democracia. Pero tampoco olvide, Sr Civera, que la paranoia de algunos de sus informadores es antítesis del trabajo serio y eficaz”. Es evidente que la paranoia no se le atribuye a Civera, sino a sus informadores, pues él, personalmente, nunca ha participado en una de las criticadas tertulias.

También es extraordinariamente sorprendente que una recogida de firmas le parezca a un periodista que vive en el siglo XXI algo denunciable, pues se trata de la vía más básica para articular una protesta por parte de aquellos que no disponen de ningún otro poder para hacer oír su voz. Los articulistas profesionales no necesitan recoger firmas para publicar sus opiniones, la ciudadanía sí, pues es el mayor o menor apoyo social lo que hace más valiosa la opinión ciudadana. Si eso se entiende como una campaña, puede que lo sea, pero el término no tiene una connotación negativa para los demócratas pues expresa simplemente una movilización social.

Situaciones sorprendentes hay todos los días, pero ésta merece una reflexión especial, porque apunta una lógica importante (algunos dirían perversa) en relación a la libertad de expresión: la total asimetría en la que se encuentran lectores y periodistas. La que suscribe ha estado –y aún está- en los dos lados, es decir, que no se trata de defender al grupo al que se pertenece sino de poner en evidencia la falta de rigor de algunos análisis que defienden la libertad de expresión de los segundos sin considerar la de los primeros.

La libertad de expresión es para todos, para los que viven gracias a ella y para los que se ganan la vida con otros menesteres. El problema es que a algunos periodistas les encanta ser temidos y hay otros colectivos que realmente les temen. Si hay un grupo social (o profesional) que teme a los periodistas, ese es el de los políticos. Y los políticos que más temen a la prensa son aquellos que la han instrumentalizado alguna vez, o que piensan – muy equivocadamente- que las elecciones se ganan o se pierden en los medios de comunicación. Ambas actitudes son impropias de una sociedad democrática madura: A la prensa se le respeta, pues su ejercicio libre es fundamental, pero no se le teme ni se le trata de instrumentalizar. Las elecciones se ganan haciendo política de verdad, política de acciones, no de mensajes, porque nada comunica con mayor potencia un proyecto político singular que los actos de sus agentes.

La función de los medios de comunicación es informar y formar a la ciudadanía, también entretener (pero no creo que este sea el caso…. o si?) desde el rigor, el contraste de las informaciones y la libertad de expresión. Sabiendo, sobre todo, que la libertad de expresión – que es, en el fondo y en la forma, la libertad de pensamiento- no es un derecho privativo de ningún grupo social ni profesional. Y mucho menos en la sociedad actual, donde la generación más y mejor formada de la historia tiene a su alcance muchos y diversos medios para hacer llegar sus mensajes a la ciudadanía. Son nuevos tiempos para la política y para el periodismo. El reto es apasionante y exige nuevos aprendizajes y reflexiones en profundidad. Bienvenidos quienes deseen protagonizar ese cambio necesario.